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Batacazos.

 

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(el famoso Edgar en su minuto de gloria)

En este mundo en el que cada vez es más difícil ganarse las habichuelas decentemente, y para tener más posibilidades, todo el que tiene los medios y la sesera necesarios para ello intenta especializarse en algo: los que estudian historia, en un período concreto, como la Edad Media o el Renacimiento. Los que estudian medicina, en una parte del cuerpo concreto, como la cabeza, el sistema circulatorio o el digestivo... etc.

Sin embargo, existe una especialización para la que no es necesario estudiar una carrera, ni siquiera es necesario tener el título de la EGB... es más, ni siquiera es necesario ir a párvulo, porque la especialización de la que hablo es algo con lo que se nace, un don, un talento innato... y yo tengo el privilegio de poder decir que nací con dicho talento: aquí donde me leéis (si alguien está tan aburrido como para hacerlo) soy una de las mayores expertas del mundo en B.E.B.P: “Bochornosas Escenas de Batacazos Públicos”.

Es un don, es MI don.

Conozco más de ciento veinte formas distintas de rodar por unas escaleras, resbalar con el friegaasuelos que tu madre acaba de decirte que tengas cuidado de no pisar o empotrar la frente en esa farola que sigue empeñada en que abandones el peligroso hábito de ir leyendo por la calle.

Como ya digo, para esto hay que tener una habilidad especial: la mía la descubrí a la tierna edad de seis años, cuando acabé en el hospital y me hice la brecha en la barba... y digo la brecha porque esa es LA brecha.

Es como lo del pan: todos los niños traen un pan debajo del brazo... y un vale por una brecha en la barbilla, a concretar día y hora, siempre válido para un plazo de no más de siete años.

Por tanto, mi brecha no tendría nada de particular... si no fuera porque, mientras la mayoría de los niños necesitan hacer alguna proeza para conseguir la suya, como por ejemplo subirse a un carro de la compra que ha encontrado en el descampado detrás del super y lanzarse por una calle cuesta abajo al grito de: “¡¡Hasta el Infinito y Más Allá!!” (y al infinito no llegó, pero de esta forma mi primo Fran consiguió ver bastantes estrellas), yo no tuve que hacer nada, y cuando digo nada, es nada: simplemente, me caí del sofá en el que estaba TENDIDA viendo la tele. A ver quién supera eso (Bendicto XVI tuvo ayuda, así que no cuenta).

Una vez descubierto el don, uno de los momentos más propicios para ponerlo en práctica son los días de lluvia.

Vas por una acera resbalosa, con el paraguas en una mano y la cartera en la otra, pensando en cosas de gran interés para la humanidad, como los pelos que tienes que tener con tanta humedad, lo a gusto que estarías en tu cama en ese momento o qué habrá sido del albañil de la Coca Cola o del modelo madurito de aquél anuncio de Hugo Boss que salía en porretas (¿o alguna va a decir que no se paró a mirar ese culo al menos una vez en su vida?)... cuando de repente el suelo se desliza bajo tus pies, y te encuentras haciendo el helicóptero... con los brazos (no pensemos mal) mientras las suelas de tus zapatos cobran vida propia y comienzan a hacer snowboard sobre las hojas y las baldosas de una de las calles más transitadas de tu ciudad en hora punta, sin importarles que el cuerpo que supuestamente tienen que sostener no esté para muchas piruetas en ese momento... y entonces es cuando tu neurona piensa que quizá ha llegado la hora de hacerse notar un poquillo, y el apiponamiento mañanero deja paso una cadena de fríos y calculadores pensamientos, utilísimos e imprescindibles para salvar la situación:

  1. “¡¡Coooooño, que me caigoooo!!” (esto es por si el hecho de llevar media hora haciendo aspavientos para mantener el equilibrio todavía no te lo había dejado claro).

  2. “Delante del todo el mundo, qué ridículo voy a hacer”

  3. “¡Y qué hostia me voy a pegaaaaaaaaar!”

  4. “¡¡Aquí viene, ay, Ay, AY...!!” (este ya se piensa con una pierna en el aire)

  5. ¡¡¡AY!! (este va sin comillas porque ya es un pensamiento en voz alta)

Y digo yo: si tenemos tiempo para analizar el batacazo por etapas, incluso a veces hasta somos capaces de visualizar las caras que pondrán los que están a nuestro alrededor cuando lleguemos al suelo, ¿porqué no lo invertimos mejor en evitarlo?

Una de las grandes preguntas existenciales de la humanidad de todos los tiempos.

De todos modos, lo de caerse en una tarde de lluvia y con las manos ocupadas, resulta bastante comprensible y, dentro del amplio espectro de batacazos públicos, es uno de los más “dignos”... si acabas en el hospital por esto sabes que nadie se va a reír de ti mientras te escayola la pierna (bueno, a no ser que seas mujer, esté bien entrado el invierno y lleves mucho tiempo sin ponerte falda... pero ese es otro asunto), pero hay otros modos de resbalar que no suscitan tanta comprensión y respeto, y entonces es cuando el experto no tiene más remedio que planear una estrategia para mantener su dignidad intacta. En esta situación, tu imaginación es tu mejor aliado:

-¿Y cómo lo has hecho para partirte el brazo, mujer, te has resbalado con algo?

-No, verá... es que iba por la calle tan tranquila, a las siete de la mañana... ya sabe que a esa hora todavía es de noche y no hay casi nadie por las calles... cuando de repente oí unos gritos que salían de un callejón semi oculto entre las sombras. Me acerqué sigilosamente y vi a un encapuchado que tiraba del bolso de una anciana. Cogí carrerilla, me lancé sobre él, y mientras nos enzarzábamos en una épica lucha a brazo partido le grité a la buena señora que no se preocupara por mí, que cogiera el bolso y salvara su vida...”

Sí, bueno... quizá piense que ves visiones, que sufres de una alarmante necesidad de atención o que simplemente eres una trolera... pero cualquier cosa es mejor que tener que explicar que ibas por la calle pensando en el culo de un modelo en porretas y te resbalaste con un mojón.

 

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