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18/06/2009
Los defectos
Existen varios factores que influyen en el noble arte de conversar... una conversación será más o menos interesante, culta o emocionante dependiendo del estado de ánimo de quien conversa, de su nivel cultural, de lo interesante que sea su vida...etc.
Uno de los factores más determinantes es el sitio donde tenga lugar la conversación... por ejemplo, una de las conversaciones más absurdas es la que se da en el supermercado:
-Hombre, Manolo, ¿Qué pasa, qué haces tú aquí?
-Pues nada, aquí estamos... comprando.
No, ¿en serio? Yo es que creía que estabas bailando el Kazachoc sobre la estantería de los champús mientras hacías malabares con los rollos de papel higiénico... pero no, resulta que estás comprando... ¡Y en un supermercado! Qué raro...
Aunque si te respondiera algo diferente, igual sería un poco preocupante, también...
-Hombre, Manolo, ¿Qué pasa, qué haces tú aquí?
-Pues nada, aquí estamos... he venido a pasaros a todos por la máquina de cortar chópped, usar vuestras lonchas para rellenar San Jacobos y luego vendérselos a Belén Esteban
(ah, chopped, San Jacobos y Esteban... cuánto han hecho por el humor en este país...).
Eso no mola, mejor seguimos con la pregunta y respuesta obvia de siempre, que ya se sabe que cuando una fórmula funciona, no hay por qué cambiarla... y hablando de fórmulas, hay una que nunca falla: existe un tema que es común en todas las conversaciones de todo tipo... siempre y cuando ésta tenga lugar en un grupo de amigas.
Puede sonar machista, pero no se puede negar que hay un tema, uno en especial, que raramente se da en una conversación entre hombres y casi siempre acaba apareciendo, tarde o temprano, en una entre mujeres; de hecho, más que un tema de conversación, yo ya lo considero más bien una especie de juego, con sus reglas y todo... no escritas, pero conocidas por todas e inquebrantables: se trata del antiguo juego de “vamos a sacarnos defectos”.
No puede negarse, la mayoría de nosotras ha caído en la tentación, al menos, una vez en su vida... aunque yo creo que el mínimo está en tres: una durante la adolescencia/juventud, otra durante la madurez y otra durante la vejez; la fórmula será siempre más o menos la misma, salvo un ingrediente que irá cambiando: a los 15, es “hay que ver cuántos granos tengo”, a los 40, “hay que ver cuántas lorzas tengo” y a los 70 “hay que ver cuánto pelo tengo... en la barbilla”.
El resultado de la fórmula, eso sí, siempre es el mismo, independientemente de los factores que hayan intervenido en ella: inmediatamente después de que una pronuncia la frase “A”,o frase de auto-castigo, se produce un efecto dominó en todas las demás, que se apresuran a contestar con la frase “B“, o frase de consolación: “¿Granos tú?, qué vaaaaaa, si estás estupenda”... esto es así siempre, tanto si estás estupenda de verdad como si sólo te falta pintarte los granos de colores para que tu cara parezca el fondo de una pecera (y así cuando te venga un estornudo y no tengas pañuelo puedes decir que lo que tienes alrededor de la nariz son peces exóticos).
Por supuesto, esto lo hacemos porque sabemos que la ecuación siempre se da, y que, digamos lo que digamos, nuestras amigas van a estar ahí para contradecirnos... imagina si no fuera así:
-Hay que ver, cuántos granos tengo...
-Ya te digo, y eso por no hablar de lo blanca que estás, que por un momento pensé que el arroz con leche había cobrado vida y me estaba hablando... ¿y esos pelos que llevas? Hija mía, que estás hecha una pena...
Si esto fuera así, nadie tendría ganas de jugar a “vamos a sacarnos defectos”. Además, esto da lugar a la regla de oro del juego: puedes sacar todos los defectos que quieras... pero que sean tuyos, cuidao. De lo contrario, sólo se necesitarían cinco minutos para que el juego de “vamos a sacarnos defectos” se convirtiera en el juego de “te voy a sacar los ojos con una cuchara".
Esta regla de oro dio lugar también a que se produjera una nueva modalidad en el juego: el modo “YO sí que...”.
El modo “YO sí que...” consiste en que, cuando una dice eso de “tía, estoy super gorda...” la otra no sólo le responde con la frase de consolación, sino que además enlaza su propia frase de auto-castigo: “¿Tú gorda? Qué vaaaaaa, si estás estupenda... YO sí que estoy gorda”.
A continuación tiene lugar un intercambio de papeles en el que la necesitada de consuelo pasa a ser la consoladora... esta modalidad está recomendada únicamente para jugadoras profesionales, con un nivel medio-alto como mínimo... de lo contrario, las jugadoras podrían entrar un bucle interminable de frases “A” y frases ”B”, cuya acumulación daría lugar a un agujero negro que las absorbería y terminarían las dos perdidas para siempre en el espacio-tiempo; para evitar esto, las jugadoras expertas recurren a un método infalible: el traspaso de carga a terceros... preferiblemente a un tercero que no esté presente:
-”Qué va, tú no estás gorda para nada... pero ahora que sacamos el tema, la que sí que está gorda es la Merchi...”
-”Huy, sí, es verdad... yo la vi el otro día y casi no la reconozco...”
-”Se le ha puesto la cara como un pan de pueblo”
-”Y el culo como un balón de Nivea”
-”Y encima colgandero, que como siga así va a llegarle por debajo de las rodillas.”
-"¿Y lo caídas que tiene las tetas? Si se descuida, se las pisa"
-”Ya lo que le faltaba... que no es por criticar, que a mí criticar no me gusta, pero nunca ha sido muy guapa que digamos...”
-”Debería ponerse a dieta... vamos, por su salud, digo yo, que a mí el físico ya sabes que me da igual...”
-"Tienes razón, y operarse el pecho... vamos, por su salud, tembien.
-"Es más, deberíamos decírselo nosotras, que para eso somos sus amigas y la queremos, antes de que se lo diga otra otra de malas maneras y le haga daño, que hay gente con muy mala idea por ahí...”
Así, una vez alcanzada la armonía entre las distintas partes, el juego llega a su fin y el equilibrio del Universo queda asegurado hasta la próxima partida.
Y aquí concluye nuestro análisis de uno de los juegos más antiguos de la historia... a partir de ahora, recuerda estas palabras: siempre que una amiga te diga que tiene más granos, más lorzas o más pelos en la barbilla que tú, no olvides contradecirla... aunque en lo más hondo de tu alma, estés totalmente de acuerdo con ella.
12/03/2009
El pañuelo de tela.

(dentro de un momento ya no estará tan blanco)
Pues sí, habéis leído bien: tengo ya la neurona tan “escacharrá” que no se me ha ocurrido otra cosa que ponerme a hablar sobre los pañuelos de tela... y es que, aunque parezca que no, el tema tiene mucha tela (¡¡Festival del humor, yujú ¬¬!!).
Ahora ya nadie utiliza pañuelos de tela y, si lo hace, es sólo para doblarlo con forma de triangulito y colocárselo en el bolsillo del smoking... pero yo, en mi más remoto y oscuro pasado, conocí el pañuelo de tela cuando todavía se le daba su uso original... que no era otro que el de cubrirlos de gloria, con toda la “gloria” que te puede proporcionar uno de esos resfriados mortales que coges cuando estás en parvulario y te quitas la sudadera después de correr por todo el recreo y acabar más colorá que un pimiento con insolación... tres o cuatro días haciendo eso y coges un trancazo seguro.
Y entonces llega el momento de sacar al pobre pañuelo de tela. En mi clase habíamos unos cuantos niños con pañuelos de tela (sí, yo fui una de ellos).
El pañuelo de tela era un mundo aparte... tener un pañuelo de tela muchas veces servía para fortalecer nuestra amistad. Sí, porque, ahora, si un amigo tuyo tiene mocos y no tiene pañuelos, es muy fácil decir: “espera, que te doy un klinex...” pero en aquél remoto pasado no llevábamos klinex, aunque la verdad es que a los de mi clase con esa edad no nos parecía la cosa tan grave: si había que prestar un pañuelo de tela, pues se prestaba y ya está... y ahí que venía tu amigo del alma después de una tanda de estornudos con las velas de la Niña y la Santa María asomándole por los agujeros de la nariz, a pedirte con desesperación que le dejaras el pañuelo... y ahí ibas tú, su única esperanza: te sacabas del bolsillo el pañuelo hecho un gurruño y lo zarandeabas con energía para desplegarlo, dejando al descubierto todo un muestrario de lámparas, lamparones y candelabros que ríete tú del catálogo de Ikea. Y entonces, como decía antes, se produce la prueba de amistad... porque lo que pasa a continuación es muy parecido a lo que pasa en algunas películas donde dos amigos del alma se hacen a sí mismos un par de heridas en la palma de la mano y luego se dan la mano, mezclando su sangre como prueba de amistad; pues esto era casi igual, sólo que sin dolor... y bueno, no era exactamente con sangre. Al final de un día de resfriado, ponías el pañuelo de tela en el suelo y se sostenía solo, como el chándal de Luis Aragonés.
También el pañuelo se usaba para aliviarte el dolor de cabeza... sí,sí, y era una cosa muy paradójica, porque tú estabas tirada en el sofá, con el resfriado de tu vida y treinta y ocho de fiebre, y no se te ocurría otra cosa que meter dos cubitos de hielo en un pañuelo de tela y amarrártelos a la frente como Rambo... ¿pa`qué?
Aunque en honor a la verdad, hay que decir que sí que era bueno para el dolor de cabeza: cuando te los quitabas te dolía más. Aparte de que te quedaba toda la cara churretosa del hielo derretido y que si antes te asabas entera de calor, ahora tenías el resto del cuerpo ardiendo pero la cara helada, que te podías dar en toda la frente con el pico de la mesa y ni lo sentías... ahora que lo pienso, creo que no me hubiera venido mal de pequeña ir todo el día con un pañuelo con cubitos en la frente.
Otra característica inolvidable de los pañuelos de tela es que podían estar bordados, y siempre se les bordaba lo mismo, tus iniciales o las de tu pareja en una esquina... que eso, si vas a llevar el pañuelo de adorno queda muy bien, pero si lo vas a usar es un poco como humillarte a ti mismo: ¿Qué sentido tiene bordar primorosamente tus iniciales en un pañuelo para luego echarles un moco? ¡Si son los klinex con los dibujos de los Looney Tunes y a una le da pena de usarlos! Es que eso es un trauma, hombre, que son los héroes de tu infancia... mejor que pongan la foto de un banquero, y con una diana pintada encima, para que les pueda llegar sin problemas la “inyección”, que no va a ser de billetes, pero también será verde, cuantiosa y en líquido.
Luego hay gente que, a falta de pañuelos, recurre a sucedáneos de pañuelos: las servilletas, que hay que cuidar que no sean de esas de color rosa de doble capa, porque no hay una cosa que le de más coraje a una madre que el que utilices las servilletas rosas de doble capa (también conocidas como servilletas buenas) para los mocos.
El rollo de papel higiénico, momento en que la cara se solidariza con su hermano de los barrios bajos: ese que es blanco de todas las mofas, ese que nunca ve la luz del sol, salvo cuando es para hacerle una foto y reírte de su tez lechosa, el protagonista de todos los “calvos”, el eternamente peinado con la raya en medio... y por unos momentos, la cara prueba en sus propias carnes lo que es que te rasquen, mejor dicho, te desgarren, con ese papel grisáceo del Lidl que se vende en rollos descomunales y que parece hecho con lija del siete.
Por último, también hay quien utiliza como sucedáneo del pañuelo esa cosa cilíndrica que cuelga por debajo de la cintura... y sí, es lo que todos estamos pensando; ya sé que es muy desagradable, pero, ¿quién no ha visto alguna vez a algún guarro limpiándose la nariz con el puño de la manga?
(Bueno, pues empezamos por el principio de los tiempos... ya vendrán más).
Rosa.
11/03/2009
Mi neurona y sus cosas (presentación)

(un consejo: por mucho que te gusten, para de comer antes de llegar al kilo y medio)
Hace años sufrí una indigestión de anacardos mientras veía el Club de la Comedia.
Sobreviví, pero mi única neurona sufrió una serie de secuelas irreversibles y ahora de vez en cuando me da por escribir estas cosas a las que a falta de un nombre mejor, yo llamo "mis monólogos"... claro que también podría llamarlas "cúmulo de tontunas producido por una indigestión de anacardos mientras veía El Club de la Comedia", pero eso queda un poquito largo... en fin, aquí iré poniendo los desvaríos de una aficionada al humor con mucho tiempo libre.
Si alguien quiere pasarse y comentar, para bien o para mal, será bienvenido... se aceptan desde palmaditas en la espalda hasta lechugazos en la cara, eso sí, con educación, por favor... no dañéis más a mi neurona, que es la única que tengo.
