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11/03/2009

Mi neurona y sus cosas (presentación)

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(un consejo: por mucho que te gusten, para de comer antes de llegar al kilo y medio)

Hace años sufrí una indigestión de anacardos mientras veía el Club de la Comedia.

Sobreviví, pero mi única neurona sufrió una serie de secuelas irreversibles y ahora de vez en cuando me da por escribir estas cosas a las que a falta de un nombre mejor, yo llamo "mis monólogos"... claro que también podría llamarlas "cúmulo de tontunas producido por una indigestión de anacardos mientras veía El Club de la Comedia", pero eso queda un poquito largo... en fin, aquí iré poniendo los desvaríos de una aficionada al humor con mucho tiempo libre.

Si alguien quiere pasarse y comentar, para bien o para mal, será bienvenido... se aceptan desde palmaditas en la espalda hasta lechugazos en la cara, eso sí, con educación, por favor... no dañéis más a mi neurona, que es la única que tengo.

 

11/03/2009 20:55 Autor: cosas-de-mi-neurona. Enlace permanente. Tema: Verídico. Hay 3 comentarios.

12/03/2009

El pañuelo de tela.

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(dentro de un momento ya no estará tan blanco)

Pues sí, habéis leído bien: tengo ya la neurona tan “escacharrá” que no se me ha ocurrido otra cosa que ponerme a hablar sobre los pañuelos de tela... y es que, aunque parezca que no, el tema tiene mucha tela (¡¡Festival del humor, yujú ¬¬!!).

Ahora ya nadie utiliza pañuelos de tela y, si lo hace, es sólo para doblarlo con forma de triangulito y colocárselo en el bolsillo del smoking... pero yo, en mi más remoto y oscuro pasado, conocí el pañuelo de tela cuando todavía se le daba su uso original... que no era otro que el de cubrirlos de gloria, con toda la “gloria” que te puede proporcionar uno de esos resfriados mortales que coges cuando estás en parvulario y te quitas la sudadera después de correr por todo el recreo y acabar más colorá que un pimiento con insolación... tres o cuatro días haciendo eso y coges un trancazo seguro.

Y entonces llega el momento de sacar al pobre pañuelo de tela. En mi clase habíamos unos cuantos niños con pañuelos de tela (sí, yo fui una de ellos).

El pañuelo de tela era un mundo aparte... tener un pañuelo de tela muchas veces servía para fortalecer nuestra amistad. Sí, porque, ahora, si un amigo tuyo tiene mocos y no tiene pañuelos, es muy fácil decir: “espera, que te doy un klinex...” pero en aquél remoto pasado no llevábamos klinex, aunque la verdad es que a los de mi clase con esa edad no nos parecía la cosa tan grave: si había que prestar un pañuelo de tela, pues se prestaba y ya está... y ahí que venía tu amigo del alma después de una tanda de estornudos con las velas de la Niña y la Santa María asomándole por los agujeros de la nariz, a pedirte con desesperación que le dejaras el pañuelo... y ahí ibas tú, su única esperanza: te sacabas del bolsillo el pañuelo hecho un gurruño y lo zarandeabas con energía para desplegarlo, dejando al descubierto todo un muestrario de lámparas, lamparones y candelabros que ríete tú del catálogo de Ikea. Y entonces, como decía antes, se produce la prueba de amistad... porque lo que pasa a continuación es muy parecido a lo que pasa en algunas películas donde dos amigos del alma se hacen a sí mismos un par de heridas en la palma de la mano y luego se dan la mano, mezclando su sangre como prueba de amistad; pues esto era casi igual, sólo que sin dolor... y bueno, no era exactamente con sangre. Al final de un día de resfriado, ponías el pañuelo de tela en el suelo y se sostenía solo, como el chándal de Luis Aragonés.

También el pañuelo se usaba para aliviarte el dolor de cabeza... sí,sí, y era una cosa muy paradójica, porque tú estabas tirada en el sofá, con el resfriado de tu vida y treinta y ocho de fiebre, y no se te ocurría otra cosa que meter dos cubitos de hielo en un pañuelo de tela y amarrártelos a la frente como Rambo... ¿pa`qué?

Aunque en honor a la verdad, hay que decir que sí que era bueno para el dolor de cabeza: cuando te los quitabas te dolía más. Aparte de que te quedaba toda la cara churretosa del hielo derretido y que si antes te asabas entera de calor, ahora tenías el resto del cuerpo ardiendo pero la cara helada, que te podías dar en toda la frente con el pico de la mesa y ni lo sentías... ahora que lo pienso, creo que no me hubiera venido mal de pequeña ir todo el día con un pañuelo con cubitos en la frente.

Otra característica inolvidable de los pañuelos de tela es que podían estar bordados, y siempre se les bordaba lo mismo, tus iniciales o las de tu pareja en una esquina... que eso, si vas a llevar el pañuelo de adorno queda muy bien, pero si lo vas a usar es un poco como humillarte a ti mismo: ¿Qué sentido tiene bordar primorosamente tus iniciales en un pañuelo para luego echarles un moco? ¡Si son los klinex con los dibujos de los Looney Tunes y a una le da pena de usarlos! Es que eso es un trauma, hombre, que son los héroes de tu infancia... mejor que pongan la foto de un banquero, y con una diana pintada encima, para que les pueda llegar sin problemas la “inyección”, que no va a ser de billetes, pero también será verde, cuantiosa y en líquido.

Luego hay gente que, a falta de pañuelos, recurre a sucedáneos de pañuelos: las servilletas, que hay que cuidar que no sean de esas de color rosa de doble capa, porque no hay una cosa que le de más coraje a una madre que el que utilices las servilletas rosas de doble capa (también conocidas como servilletas buenas) para los mocos.

El rollo de papel higiénico, momento en que la cara se solidariza con su hermano de los barrios bajos: ese que es blanco de todas las mofas, ese que nunca ve la luz del sol, salvo cuando es para hacerle una foto y reírte de su tez lechosa, el protagonista de todos los “calvos”, el eternamente peinado con la raya en medio... y por unos momentos, la cara prueba en sus propias carnes lo que es que te rasquen, mejor dicho, te desgarren, con ese papel grisáceo del Lidl que se vende en rollos descomunales y que parece hecho con lija del siete.

Por último, también hay quien utiliza como sucedáneo del pañuelo esa cosa cilíndrica que cuelga por debajo de la cintura... y sí, es lo que todos estamos pensando; ya sé que es muy desagradable, pero, ¿quién no ha visto alguna vez a algún guarro limpiándose la nariz con el puño de la manga?

(Bueno, pues empezamos por el principio de los tiempos... ya vendrán más).

Rosa.

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12/03/2009 13:42 Autor: cosas-de-mi-neurona. Enlace permanente. Tema: Verídico. Hay 5 comentarios.

24/03/2009

Mi Primera Comunión

 

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(Y si todas fueran iguales, hubiera sido también la última)

Antes de empezar con este relato, es necesario hacer una pequeña aclaración: todo, absolutamente todo lo que voy a contar aquí, es real, y lo que es peor, es autobiográfico:

 

Más que religiosa, mi primera comunión fue una experiencia traumática.

La cosa empezó mal desde el principio, ya que poco antes de la fecha en que iba a hacer la comunión, me diagnosticaron diabetes y me ingresaron 10 días, por lo que cuando salí ya todo el mundo había hecho la comunión menos yo... y aquí fue donde por primera vez se manifestaron dos de las características que mejor me definirían en el futuro: llego tarde a los sitios y siempre tengo que dar la nota.

Como consecuencia de este incidente, mi comunión fue todo un espectáculo: mis padres, preocupados por el tema de la diabetes, no habían tenido cabeza para pensar en comuniones, y cuando llegamos a mi casa después de diez días lo primero que nos recibió fue una ráfaga de aire con un olor peculiar... olía como los pies de un corredor a quien se le hubiera averiado la ducha después de correr la maratón de Nueva York con unas zapatillas de cámping (quien haya tenido zapatillas de esas blancas de tela sabrá de lo que hablo: eso no lo inventó un ser humano con nariz).

Efectivamente, ahí estaban: una vez recuperada del impacto oloroso, me encontré frente a frente con todos los quesos que habían comprado mis padres para el banquete de mi comunión, ahí reunidos debajo de la escalera, como okupas.

Yo pensaba que ya la comunión quedaría para el año siguiente, pero comprendí que no podría ser... la chacina había tomado la casa y era necesario librase de ella mientras el aire todavía fuera respirable, así que esa noche, mientras me acostaba en mi cama por primera vez en diez días, respiré una profunda bocanada de aire con olor a queso que me sirvió de cena y supe que al final habría comunión... lo que ya no había eran flores, ni compañeros, ni coro... pero ya veríamos cómo se arreglaría la cosa...

La comunión tuvo lugar un domingo, pero claro, un domingo normal, en el que se suponía que ya no había comuniones, por lo que todas las peluquerías estaban cerradas.

La solución estuvo en Sevilla... pero no en Los Hermanos Delgado, ni en la peluquería Antonio Recio, sino en la calle Sevilla, que es una calle de mi pueblo donde vive una amiga de mi madre que, en sus “tiempos mozos”, había tenido una peluquería. Dicen que quien tuvo retuvo, pero en el caso de esta buena señora, creo que lo de retener se le daba peor que a mi neurona cuando hay que memorizar fechas.

La mujer me dijo que iba a ponerme el pelo liso, y después de dos horas, muchos litros de agua y un par de botes de laca Nelly, consiguió todo lo contrario... eso sí, lo consiguió con creces: aquella cabeza bien hubiera podido ponerse el mundo por montera, en el sentido literal de la frase... y creo que todavía le hubiera sobrado sitio para una estación espacial. No exagero: temí que aquella mata de pelo cobrara vida de un momento a otro y me comiera.

A todo esto, hay que añadir que yo de pequeña no era precisamente una niña de anuncio de pañales: era larguirucha, delgada como Gollum después de quedarse encerrado en la sauna y con unas paletas que no tenían nada que envidiarle a las del mismísimo Ronaldinho. Además, tenía unas gafas que eran una mezcla entre las gafas de Harry Potter, y un telescopio de esos de espiar al vecino. No pude quitármelas porque yo sin gafas no veo nada claro... aunque de todos modos, allí de pie ante el espejo, entre el peinado y el traje, lo único que tenía claro es que nunca había visto un bicho tan feo.

Luego del “arreglo”, llegó el momento de ir a la iglesia. En mi pueblo, la costumbre es que los niños de Comunión vayan andando hasta la iglesia, porque en un pueblo pequeño se ve muy bonito eso de ver todas las calles que llevan a la iglesia llenas de niños de comunión... aunque claro, si van muchos es bonito, pero si sólo va una sola (y para colmo soy yo), es más bien lo que yo llamo “dar el cante”, y vaya si lo di: el traje parecía una tarta de nata gigante, el pelo parecía un chozo de paja, y en conjunto, yo parecía una tarta gigante sobre la que hubieran construido un chozo de paja.

Como era un domingo donde supuestamente ya no había comuniones, todo el pueblo se asomó a ver la “novedad” (si bueno, es que pasan pocas cosas interesantes por aquí)... o a lo mejor lo que intentaban adivinar era qué hacía ese chozo encima de una tarta gigante, no lo sé... en cualquier caso, nunca pensé que echaría tanto de menos mi chándal de chinchetas.

Al final, llegamos a la iglesia.

Normalmente los niños hacen la comunión subidos en el altar mayor, pero el altar mayor ya estaba otra vez como siempre y no era cosa de desbaratarlo todo otra vez na`más que pa subirme a mí... (aparte de que con el pelo igual no hubiera cabido), así que me pusieron una silla de esas de madera plegable delante del banco donde se sentaban mis padres... podía haber sido peor. Al menos, no hubo que recurrir a la tumbona de la playa con el muñeco del 7`Up... aunque creo que si hubiera sido así, mi por aquél entonces muy huesudo trasero lo hubiera agradecido: no hay nada peor para un trasero huesudo que pasar más de 30 minutos en una silla plegable de madera. Te queda el culo a rayas, como si lo hubieras pasado por la barbacoa vuelta y vuelta (y duele casi igual).

Detrás de mí se sentaron mis padres... y aquí tengo que señalar una característica de mi padre que nunca deja de sorprenderme: su habilidad para dormirse en las iglesias.

Es así: el hombre no lo hace con mala intención, pero abrir el cura la boca y cerrar mi padre los ojos son todo una misma cosa.

A los cinco minutos, el pobre ya estaba haciendo un esfuerzo inhumano por mantener los ojos abiertos y la cabeza erguida, pero lo que no consiguió cambiar fue la expresión de la cara:. en mi vida he visto una cara de “amamonao” más impresionante que la que tenía mi padre durante mi comunión.

Por otro lado, como de tal palo tal astilla, una tampoco es muy buena para eso de las ceremonias religiosas (por mucho que sea la protagonista) así que durante el transcurso de la misa, yo no dejaba de moverme para desincrustar los listones de madera de mi culo, me persigné al revés, se me olvidó el padrenuestro y a los cinco minutos me quité el zapato y comencé a darle vueltas con el pie bajo la silla (una manía que tenía de pequeña).

Afortunadamente, nadie se fijó en esos detalles... estaban muy ocupados buscando la fuente de los ronquidos. Gracias, papá, te debo una.

Rosa.

 

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24/03/2009 00:08 Autor: cosas-de-mi-neurona. Enlace permanente. Tema: Hay 6 comentarios.


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