Mi Primera Comunión

(Y si todas fueran iguales, hubiera sido también la última)
Antes de empezar con este relato, es necesario hacer una pequeña aclaración: todo, absolutamente todo lo que voy a contar aquí, es real, y lo que es peor, es autobiográfico:
Más que religiosa, mi primera comunión fue una experiencia traumática.
La cosa empezó mal desde el principio, ya que poco antes de la fecha en que iba a hacer la comunión, me diagnosticaron diabetes y me ingresaron 10 días, por lo que cuando salí ya todo el mundo había hecho la comunión menos yo... y aquí fue donde por primera vez se manifestaron dos de las características que mejor me definirían en el futuro: llego tarde a los sitios y siempre tengo que dar la nota.
Como consecuencia de este incidente, mi comunión fue todo un espectáculo: mis padres, preocupados por el tema de la diabetes, no habían tenido cabeza para pensar en comuniones, y cuando llegamos a mi casa después de diez días lo primero que nos recibió fue una ráfaga de aire con un olor peculiar... olía como los pies de un corredor a quien se le hubiera averiado la ducha después de correr la maratón de Nueva York con unas zapatillas de cámping (quien haya tenido zapatillas de esas blancas de tela sabrá de lo que hablo: eso no lo inventó un ser humano con nariz).
Efectivamente, ahí estaban: una vez recuperada del impacto oloroso, me encontré frente a frente con todos los quesos que habían comprado mis padres para el banquete de mi comunión, ahí reunidos debajo de la escalera, como okupas.
Yo pensaba que ya la comunión quedaría para el año siguiente, pero comprendí que no podría ser... la chacina había tomado la casa y era necesario librase de ella mientras el aire todavía fuera respirable, así que esa noche, mientras me acostaba en mi cama por primera vez en diez días, respiré una profunda bocanada de aire con olor a queso que me sirvió de cena y supe que al final habría comunión... lo que ya no había eran flores, ni compañeros, ni coro... pero ya veríamos cómo se arreglaría la cosa...
La comunión tuvo lugar un domingo, pero claro, un domingo normal, en el que se suponía que ya no había comuniones, por lo que todas las peluquerías estaban cerradas.
La solución estuvo en Sevilla... pero no en Los Hermanos Delgado, ni en la peluquería Antonio Recio, sino en la calle Sevilla, que es una calle de mi pueblo donde vive una amiga de mi madre que, en sus “tiempos mozos”, había tenido una peluquería. Dicen que quien tuvo retuvo, pero en el caso de esta buena señora, creo que lo de retener se le daba peor que a mi neurona cuando hay que memorizar fechas.
La mujer me dijo que iba a ponerme el pelo liso, y después de dos horas, muchos litros de agua y un par de botes de laca Nelly, consiguió todo lo contrario... eso sí, lo consiguió con creces: aquella cabeza bien hubiera podido ponerse el mundo por montera, en el sentido literal de la frase... y creo que todavía le hubiera sobrado sitio para una estación espacial. No exagero: temí que aquella mata de pelo cobrara vida de un momento a otro y me comiera.
A todo esto, hay que añadir que yo de pequeña no era precisamente una niña de anuncio de pañales: era larguirucha, delgada como Gollum después de quedarse encerrado en la sauna y con unas paletas que no tenían nada que envidiarle a las del mismísimo Ronaldinho. Además, tenía unas gafas que eran una mezcla entre las gafas de Harry Potter, y un telescopio de esos de espiar al vecino. No pude quitármelas porque yo sin gafas no veo nada claro... aunque de todos modos, allí de pie ante el espejo, entre el peinado y el traje, lo único que tenía claro es que nunca había visto un bicho tan feo.
Luego del “arreglo”, llegó el momento de ir a la iglesia. En mi pueblo, la costumbre es que los niños de Comunión vayan andando hasta la iglesia, porque en un pueblo pequeño se ve muy bonito eso de ver todas las calles que llevan a la iglesia llenas de niños de comunión... aunque claro, si van muchos es bonito, pero si sólo va una sola (y para colmo soy yo), es más bien lo que yo llamo “dar el cante”, y vaya si lo di: el traje parecía una tarta de nata gigante, el pelo parecía un chozo de paja, y en conjunto, yo parecía una tarta gigante sobre la que hubieran construido un chozo de paja.
Como era un domingo donde supuestamente ya no había comuniones, todo el pueblo se asomó a ver la “novedad” (si bueno, es que pasan pocas cosas interesantes por aquí)... o a lo mejor lo que intentaban adivinar era qué hacía ese chozo encima de una tarta gigante, no lo sé... en cualquier caso, nunca pensé que echaría tanto de menos mi chándal de chinchetas.
Al final, llegamos a la iglesia.
Normalmente los niños hacen la comunión subidos en el altar mayor, pero el altar mayor ya estaba otra vez como siempre y no era cosa de desbaratarlo todo otra vez na`más que pa subirme a mí... (aparte de que con el pelo igual no hubiera cabido), así que me pusieron una silla de esas de madera plegable delante del banco donde se sentaban mis padres... podía haber sido peor. Al menos, no hubo que recurrir a la tumbona de la playa con el muñeco del 7`Up... aunque creo que si hubiera sido así, mi por aquél entonces muy huesudo trasero lo hubiera agradecido: no hay nada peor para un trasero huesudo que pasar más de 30 minutos en una silla plegable de madera. Te queda el culo a rayas, como si lo hubieras pasado por la barbacoa vuelta y vuelta (y duele casi igual).
Detrás de mí se sentaron mis padres... y aquí tengo que señalar una característica de mi padre que nunca deja de sorprenderme: su habilidad para dormirse en las iglesias.
Es así: el hombre no lo hace con mala intención, pero abrir el cura la boca y cerrar mi padre los ojos son todo una misma cosa.
A los cinco minutos, el pobre ya estaba haciendo un esfuerzo inhumano por mantener los ojos abiertos y la cabeza erguida, pero lo que no consiguió cambiar fue la expresión de la cara:. en mi vida he visto una cara de “amamonao” más impresionante que la que tenía mi padre durante mi comunión.
Por otro lado, como de tal palo tal astilla, una tampoco es muy buena para eso de las ceremonias religiosas (por mucho que sea la protagonista) así que durante el transcurso de la misa, yo no dejaba de moverme para desincrustar los listones de madera de mi culo, me persigné al revés, se me olvidó el padrenuestro y a los cinco minutos me quité el zapato y comencé a darle vueltas con el pie bajo la silla (una manía que tenía de pequeña).
Afortunadamente, nadie se fijó en esos detalles... estaban muy ocupados buscando la fuente de los ronquidos. Gracias, papá, te debo una.
Rosa.
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Autor: 39escalones
Besos.
Fecha: 25/03/2009 09:29.
Autor: Rosa.
¿Y no conocerás a algún director interesado en el tema? jajaja!!
Un beso, me alegro de que te haya gustado.
Rosa.
Fecha: 26/03/2009 02:00.
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Autor: laMima
Me alegra que al menos la cosa no te traumatizara en exceso (¿o se te quedó sellado algún tablón de la silla en el trasero?) y puedas contarlo "asín" de divertido. Falta la foto de esta tarta gigante jijiji..
Sepas que yo tb me dormía en misa y por ese motivo durante las bodas procuro visitar el bar más cercano.
Ay querida...que majo.
Fecha: 02/06/2009 16:15.
Autor: Rosa.
Muchos besos.
Rosa.
Fecha: 03/06/2009 18:57.
